No nos neguéis

Esta historia nació en un taller de narrativa. La premisa era escribir sobre una experiencia que te hubiera transformado de alguna manera. Encontraréis una recopilación de momentos de mi trabajo como cooperante.

No nos neguéis

Dibujo en el muro de Belén

Me cubrí la boca con la kefiyeh y contuve una náusea; olía a basura y plástico quemado. El sudor caía por mi espalda mientras paseaba por los callejones angostos, entre edificios improvisados, a medio hacer. Dibujos descoloridos llenaban las paredes de cemento, casi borrados por el tiempo y las balas.

Levanté el cuello como si lo sacara de un caparazón y me aflojé el pañuelo. El cielo, de un azul impoluto, contrastaba con las calles lóbregas, inmundas, del campo de refugiados.

Me topé con la mirada de una mujer y dos niños que me observaban desde su terraza de bloques de hormigón. Agitaron las manos entre risas; parecían contentos de verme deambulando por allí o quizá les hacía gracia mi cara afligida. Hicieron señas para que esperara y bajaron a toda prisa para invitarme a entrar en su casa.

Aquello era lo que más me gustaba del trabajo. Las largas esperas y los problemas burocráticos quedaban en segundo plano cuando una familia compartía conmigo su comida y su delicioso té con salvia. Los primeros días, miraba con suspicacia a cualquiera que se empeñara en sentarme en su salón. «¿Qué querrán conseguir? —pensaba—. No es normal que metan en su casa a una desconocida, a una extranjera». Por suerte, pronto entendí que la desconfianza era fruto de mis prejuicios.

Los niños me guiaron a través de la oscuridad de la casa (parecida a las que había visitado en otras zonas del país). Eran gemelos. Llevaban el pelo muy corto que dejaba al descubierto sus orejas de soplillo. Bajo los ojos tenían unos surcos amoratados impropios de su edad. Uno de ellos cojeaba; luego me enteraría de que le habían disparado en el pie, una noche, en una incursión militar.

Comimos pollo con almendras y una ensalada refrescante en una estancia sombría y sin ventilación. El té, como siempre, humeaba al compás de una historia donde los protagonistas eran refugiados, proscritos, prisioneros, muertos. La madre también tenía ojeras, pero su sonrisa iluminaba el salón. Mi cara se estiraba y arrugaba al mismo tiempo, presa de sensaciones ambiguas.

—Algún día volveremos a nuestra casa —se despidieron en inglés.

—InSha` Allah —contesté con mi patético árabe.

Me marché con el estómago lleno y la impresión de haber envejecido ante la mirada optimista de aquella familia. El padre había muerto, tiroteado, en una manifestación.

Por la tarde, de vuelta en el centro de Belén, entré en la basílica de la Natividad. No soy religiosa, pero no podía irme de allí sin verla; habría sido un pecado. Atravesé la puerta del templo y tomé una respiración profunda; me sentí como una marea de lava sumergiéndose en el océano.

A ambos lados, enormes columnas de mármol formaban sendos pasillos, en el de la izquierda, una manada de turistas se agolpaba en una fila eterna para bajar a la gruta: al famoso portal de Belén.

«Malditos guiris —pensé negando con la cabeza—. Se vuelven locos por ver algo que pasó hace más de dos mil años y ni se inmutan con lo que está ocurriendo ahora».
Me alejé hacia el pasillo contrario y saqué la cámara de fotos. Disparé a una especie de cálices gigantes que colgaban del techo. Eran plateados y terminaban en bolas de colores similares a las de un árbol de Navidad.

—¿Por qué llevas esa kefiyeh? —dijo una voz tras de mí en inglés con un marcado acento árabe.

Me giré con brusquedad. Lo miré de arriba abajo: tendría unos cuarenta o cuarenta y cinco años, vestía vaqueros, camisa azul cobalto y jersey celeste. Fumaba tabaco negro y llevaba zapatos del mismo color. Deduje que trabajaba allí porque del cuello le colgaba una tarjeta. Me aguanté las ganas de darle una mala contestación y dije:

—En señal de apoyo.

Me traspasó con unos ojos profundos que me encendieron la cara. ¿Por qué siempre tenía que tocarme a mí el personaje del lugar?

—Espero que cuando cojas el avión a tu país también lo lleves puesto —dijo, soltando el apestoso humo con violencia.

—¿Qué insinúas? —contesté. Puse los brazos en jarras y entorné los ojos.

—Que todos hacéis lo mismo. Apoyáis cuando estáis aquí, pero a la hora de la verdad, nos negáis. Para no tener problemas en el aeropuerto preferís esconder la kefiyah.

—¡No se me ocurrirá! —le dije mientras echaba a andar hacia la puerta con paso firme.

¿Con qué derecho se creía ese maleducado para increparme así? No tenía ni idea de cuál era mi labor en su país. ¡Idiota desagradecido! Resulta que disponía de un buen rebaño de peregrinos a los que ir a despertar y me abordaba a mí, ¡a mí! No me hacían falta las lecciones de un tarado. No sé por qué lo hice pero, antes de salir, me agazapé tras una columna y le saqué una foto.

Tres semanas más tarde hice las maletas; guardé todo lo que pudiera parecer sospechoso dentro del saco de dormir y lo enrollé a presión en la funda. Le pedí al taxista que me dejara lejos de la puerta. Anduve con rapidez bajo la madrugada helada y entré en el aeropuerto de Tel Aviv dispuesta a interpretar el mejor papel de mi vida.

En el primer control, casi sin mediar palabra, me pusieron las pegatinas amarillas con el código de barras que empezaba por cinco: una en la maleta, otra en la mochila, otra en el pasaporte y otra en el billete. Mierda. Sabía que el seis era el número máximo. ¿Por qué me consideraban peligrosa? ¿Me habrían visto llegar en el taxi palestino? Miré en todas direcciones, en busca de algún guardia de incógnito. Quizá mis pintas me delataban; seguro que era por la mochila de montaña. ¿Por qué no compraría una maleta de cabina?

En el segundo control me tocó un chico con cara de ángel; ¿acaso me querían desarmar? Con una sonrisa perfecta me pidió que abriera el equipaje. Sacó un algodón y empezó a frotarlo por todas partes.

—¿Por qué haces eso? —pregunté con carita de damisela.

—Compruebo que tu ropa no haya estado en contacto con explosivos. ¿Por qué has venido a Israel?

—Ajá. He venido a Tierra Santa —mentí.

—Cristiana, ¿no? Y ¿has conocido a alguien aquí? Algún palestino cristiano, por ejemplo —dijo con tono despreocupado.

—No —volví a mentir.

—¡Qué raro!, has estado casi tres meses —Escarbó en el fondo de la maleta.

No contesté. Aguanté la respiración mientras el guaperas cogía el saco y lo giraba entre sus manos.

—Me han encantado las playas, seguro que volveré —solté para captar su atención.
Dejó el saco y me miró a los ojos.

—¿No has tenido miedo por la guerra?

—¿Guerra? ¿Qué guerra? —dije. Me examiné las uñas con ademán frívolo.

—Los bombardeos en Gaza, ¿no te has enterado?

—Ah, eso. No, ni me he enterado —mentí por tercera vez.

Interpreté tan bien que pasé sin problemas, con la cabeza alta. Me sentía como una heroína que acababa de derrotar a un villano.

Una vez en el avión me puse a revisar fotografías. Dejaba escapar suspiros largos cuando aparecían las familias alrededor de sus maravillosas comidas y teteras de latón relucientes. Se me humedecieron los ojos. No era amiga de sentimentalismos, pero allí algo me había revuelto: un maremoto de días dilatados, ocupación, cánticos de resistencia, gas lacrimógeno y hummus.

Entonces apareció él, el hombre de Belén, paseando con su cigarro entre los dedos y esa expresión de entereza. Había olvidado por completo esa foto. Me sequé los ojos con el dorso de la mano, al tiempo que las palmas me empezaron a sudar; noté un calor ardiente en las mejillas, el corazón se me desbocó y el estómago se enroscó adoptando forma de ocho cuando, desde algún recodo de mi mente, le oí preguntar:

—¿Dónde está tu kefiyeh?

—Dentro del saco —contesté con un hilo de voz.

Intenté tragar saliva, pero me resultó desgarrador. Había sido una más. No solo había escondido todo lo que pudiera relacionarme con ellos, sino que los había negado tres veces.

Laura Urcelay.

3 comentarios en “No nos neguéis

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