Hasta luego, futuro. Relato dedicado a los niños/as de Palestina

Hoy se celebra el festival de Eurovisión en Tel Aviv, Israel. Por muchas luces, purpurina y sonrisas que muestren al mundo, no pueden camuflar la sangre que salpica diariamente las calles de Palestina.

Hoy rescato este cuento que publiqué el primer mes en el blog, es mi pequeña aportación a la realidad de los Territorios Ocupados, una realidad que viví en primera persona, que necesita ser contada por mucho que intenten silenciarnos. Un relato que muestra el presente aterrador y el futuro incierto de los niños y niñas que, cada día, se enfrentan a las fuerzas de ocupación.

Con este relato conseguí un premio, el más importante que me han dado hasta ahora, quizá porque lo conté desde la necesidad, desde la emoción y también la rabia, la indignación. Ahora, significa mucho más para mí, se ha convertido en el primer capítulo de una novela, actualmente en corrección, que espero sacar este año si todo va bien.


Hasta luego, futuro

Relato ganador del “Premio Internacional de Narrativa Joven Abogados de Atocha 2018”

Handala

 

19 de octubre del 2017

Hoy he decidido que voy a ser escritora, así que después del funeral de mi mejor amiga Nadya he ido a la tienda de Samir, he comprado este cuaderno de tapas grisáceas como mis ojos y me he sentado en la cama a emborronar la primera página que luego tendré que pasar a limpio.

Lo he decidido porque mientras miraba la tumba de mármol donde han metido a mi amiga y pensaba en el frío que debía de hacer dentro, la madre de Nadya me ha abrazado muy fuerte y me ha dicho que el asesinato de su hija quedará impune y olvidado. Me apretujaba tanto que me costaba respirar, pero no me he quejado ya que cuando lloro y hablo a la vez me sale una voz ridícula, de pollito hambriento. Yo luego le he preguntado a mi padre qué significaba impune y, ahora que lo entiendo, sé que tiene razón; aquí, en Palestina, todo queda impune y olvidado.

Hace dos días, Nadya y yo estábamos en mi casa pensando cómo hacer un trabajo para el cole: teníamos que construir un modelo del sistema solar. Como no se nos ocurría nada, le pedimos a mi hermano mayor el móvil y nos sentamos en las escaleras que hay detrás de la cafetería para robar wifi. Alucinamos con el primer tutorial de una maqueta giratoria y no vimos más; queríamos irnos de allí cuanto antes por el olor a podrido de los contenedores. Apuntamos lo que necesitábamos y fuimos a la tienda de Samir. Es un local con dos pasillos estrechísimos repletos de bártulos, lo tiene tan desordenado que cuesta horrores encontrar lo que buscas y terminamos por preguntarle. No había ni la mitad de los materiales; para excusarse dijo que usáramos la imaginación, que es muy importante; apuntó en la cuenta de mi padre el dinero, nos regaló una golosina y nos despidió con su sonrisa bromista y la famosa frase que le dice a todos los niños: «Hasta luego, futuro».

De camino a mi casa nos encontramos con el papá de Nadya, que compartía un narguile con sus amigos en la terraza del café y nos invitó a un batido de fresa. Mientras yo lo devoraba y les contaba el proyecto con detalle,

Nadya se alejó a acariciar un gato atigrado que dormitaba sobre la acera con esa cara de gusto que ponen los gatos cuando les da el sol. A partir de entonces sucedió todo muy deprisa.

Recuerdo que escuché los sonidos por este orden: acelerón, grito de mujer, chirrido de neumáticos, grito de hombre, golpe seco y acelerón. El padre de Nadya y sus amigos salieron corriendo detrás del coche, la gente se apelotonó alrededor del cuerpo y yo me quedé paralizada sin saber qué hacer. Luego recuerdo luces: las de la ambulancia, las de la policía israelí y las de una linternita que me enfocaba en los ojos un médico.

Lo siguiente que recuerdo es que estaba en mi habitación y todo me daba vueltas, parecía que me habían dado un mazazo en la cabeza. Me dolía la lengua y la boca me sabía a sangre, debía de haberme mordido. Oí a mi familia susurrar, salí dando un portazo y grité: «¿Creéis que no me entero? ¡Dejad de hablar como si fuera un bebé, tengo doce años!». Estaban sentados a la mesa del comedor: mi madre, mi padre, mi hermano y mi abuelito; me miraban atónitos porque yo nunca había tenido un arrebato así. El olor a café recién hecho me reconfortó, me senté en la silla que quedaba libre y rompí a llorar. Con la voz de pollito hambriento les dije que no entendía por qué nos odiaban tanto y mi hermano respondió lo de siempre: «Quieren que nos vayamos para quedarse con nuestras tierras», a lo que contesté: «¿Y ese es motivo para matar niñas?». Todos se echaron a llorar, incluido mi abuelito, al que yo nunca había visto soltar ni una lágrima y oírle gimotear de aquella manera tan gutural me provocó un agujero infinito en el pecho.

Al colono asesino se lo llevó su policía; dicen que lo van a juzgar, pero todos sabemos que es mentira.

Mi madre no quiere que salga a la calle de momento. A mí no me da ningún miedo, así que después del funeral he ido a la tienda de Samir a por este cuaderno, le he contado mi intención de que las injusticias no caigan en el olvido y le he preguntado por qué no había venido a despedir a Nadya. Me ha mirado con los ojos húmedos y me ha dicho muy bajito: «Hasta luego, futuro».

 


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14 comentarios en “Hasta luego, futuro. Relato dedicado a los niños/as de Palestina

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    • ¡Muchas gracias! Está basado en un suceso real. Quise contarlo desde una voz infantil, creo que eso es lo que le da la ternura, como en tantas historias atroces que han contado las voces de los niños. Pienso que fue una decisión acertada y espero mantener esa voz en el resto de la historia. ¡Qué presión!

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