Matia: la Peter Pan de Ana María Matute

Ana María Matute ganó el Premio Nadal en 1959 con Primera memoria, novela que explora el paso de la infancia a la adolescencia empañado por el estallido de la guerra civil española. La autora nos sumerge en un mundo misterioso y desconcertante de la mano de Matia, una protagonista que nos desvela su adolescencia rebelde, solitaria, triste.

Laura Urcelay

Primera memoria. Ed. Austral. Foto de Laura Urcelay.


Rebeldía y desapego

“Quien no haya sido, desde los nueve a los catorce años, atraído y llevado de un lugar a otro, de unas a otras manos, como un objeto, no podrá entender mi desamor y rebeldía de aquel tiempo”.

En el verano de 1936 Matia tiene catorce años y está en casa de su familia materna, en una isla que nunca se nombra pero que parece encontrarse en Baleares. Allí le sorprende la guerra, junto a una abuela fría y autoritaria, una tía ensimismada y un primo, Borja, manipulador y cruel a pesar de sus quince años.

Matia nos cuenta en primera persona sus vivencias en la isla. Lo hace desde una mirada ya adulta que achaca su comportamiento oposicionista y desligado de aquella época a la ausencia de alguien que la amara durante su infancia. Lo cierto es que razones no le faltan: huérfana de una madre que se ha convertido en una sombra, abandonada por un padre del que solo recuerda los juguetes que le enviaba y alejada de la aya que la cuidó en las montañas hasta que enfermó o quizá murió.

Tras su expulsión del internado en el que la habían metido cuando la aya enfermó, Matia va a parar a la casa de la abuela y aprovecha cada ocasión para hacer notar que está allí en contra de su voluntad:

No sé qué diablo me picaba a veces, que si algo me arañaba por dentro, me empujaba a la maldad”.


Tristeza y soledad

Mientras la península está en guerra, en la isla Matia nos habla de calor, aburrimiento y soledad; de noticias que llegan lejanas a través de los periódicos, de esperas, confusión, incertidumbre.

Se siente atrapada: en la isla, la casa, las exigencias de su abuela, las clases de latín y matemáticas, el magnetismo de Borja; y también en un período en el que no es niña ni mujer pero empieza a conocer el machismo y aborrece su condición femenina que le cierra las puertas a ciertas aventuras que disfrutan los chicos.

Se empeña en esconder todo lo que puede parecer debilidad. Nunca llora, pero reconoce en ella una profunda tristeza que podría ser heredada de su abuela:

“Supongo que Borja heredó su gallardía, su falta absoluta de piedad. Yo, tal vez, esta gran tristeza”.

Entre tanta espesura, su vida se aligera con los paseos secretos en barca por las calas, momentos de libertad en los que fuma, bebe y descubre el mundo de los muchachos que juegan a ser hombres.


Miedo a hacerse adulta

Matia encuentra consuelo en Gorogó, un muñeco de trapo vestido de arlequín que esconde en el vestido y duerme bajo su almohada. Gorogó es el ancla al que se aferra para que la infancia no se le escape.

Ella misma se considera cobarde ya que quiere permanecer ajena al mundo opaco de los adultos; por eso no pregunta, prefiere que no le cuenten. Ese es el motivo por el que la realidad nunca llega a desvelarse del todo, solo se intuye, velada por la inocencia que se empeña en alargar; evita conocer para rascar los últimos resquicios de ingenuidad, aunque sabe que no es posible, porque ya comprende lo que no quiere escuchar.

La guerra, los secretos, las traiciones, erosionan el caparazón tras el que se mantenía escondida y, de repente, se descubre incapaz de amar a Gorogó. Meses después, cuando tiene que abandonar la isla para acudir a otro colegio, ni siquiera sabe dónde encontrarlo.

Gorogó se queda para siempre en la Isla de Nunca Jamás, junto a la inocencia de Matia.


Con Primera memoria da comienzo la trilogía Los mercaderes. El segundo se titula Los soldados lloran de noche, y el tercero, La trampa.

Laura Urcelay

Ana María Matute

6 comentarios en “Matia: la Peter Pan de Ana María Matute

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