Esther: protagonista de La campana de cristal

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Foto de Laura Urcelay

La campana de cristal es una novela semiautobiográfica de Sylvia Plath que se publicó en 1963 bajo el seudónimo de Victoria Lucas.

En ella, Plath crea el personaje de Esther, su alter ego, para contarnos el episodio de su vida en el que se vio envuelta por primera vez en una situación depresiva.

Siguiendo al psicólogo Marino Pérez Álvarez en su libro Las raíces de la psicopatología moderna, (así como algunas de sus conferencias y artículos), consideraré los problemas psicológicos como posibilidades humanas en el sentido existencial, como formas de enfrentar y afrontar los problemas de la vida y como dramas sociales, para analizar la situación depresiva de Esther en base a cuatro fases: ruptura, crisis, remedio y reintegración.


Ruptura: cambio, extrañeza y desconexión

Esther experimenta una ruptura en el modo en que se ha relacionado hasta ahora con los demás. Su papel en la sociedad neoyorquina se ve comprometido y comienza a experimentar el malestar que produce este desajuste. Se siente fuera, extraña, desconectada de un circuito social en el que no encuentra forma de encajar.

Cambio

Esther es una joven universitaria que proviene de una familia humilde. Tras la muerte de su padre, siendo ella una niña, su madre ha tenido que sacar adelante a ella y a su hermano. Está acostumbrada a trabajar duro para conseguir las mejores notas, para obtener reconocimiento y cariño. Así es como llega a Nueva York junto a otras chicas, todas premiadas con una beca de trabajo en una revista de moda, donde su vida sufre un cambio importante. Se ve envuelta en el mundo de la opulencia, las cenas de gala, los bailes y las apariencias. Esta situación, que en principio le ofrece la oportunidad de conocer a personas interesantes, de prosperar en sus estudios y en su vida profesional, se convierte en el inicio de un problema que se enredará hasta desembocar en una situación depresiva.

Se suponía que lo estaba pasando como nunca. Se suponía que yo era la envidia de millares de otras universitarias quienes no deseaban otra cosa que andar tropezando con esos mismos zapatos de charol negro […] con un cinturón de charol negro y un bolso de charol negro que hacían juego“.

Nueva York no es su sitio, ya en las primeras páginas la describe como una ciudad desagradable, se pregunta qué hace ahí y su jefa en la revista, ante la inestabilidad emocional que percibe en Esther, le advierte que no deje que esa depravada ciudad la deprima.

“Me sentía muy tranquila y muy vacía, como debe de sentirse el ojo de un tornado que se mueve con ruido sordo en medio del estrépito circundante”.

Extrañeza y desconexión

El mundo vivido por Esther se altera. Sus experiencias, sus relaciones, las cosas, los éxitos, ella misma. Todo se vuelve raro, incómodo, tonto, estúpido. La vida empieza a perder sentido y se desconecta de los objetivos que antes eran su razón de vivir, sus metas se diluyen en el absurdo de la existencia sin horizonte.

“Sabía que algo raro me pasaba ese verano porque lo único en que podía pensar era en los Rosenberg y en lo estúpida que había sido al comprar toda esa ropa cara e incómoda que colgaba floja como pescado en mi armario, y en cómo todos los pequeños éxitos tan alegremente acumulados en el colegio se apagaban hasta quedar reducidos a nada”.


Crisis: indecisión, absurdo y autoconciencia hiperreflexiva

Cuando la estancia en Nueva York termina, Esther vuelve a casa de su madre convencida de que la habrán aceptado en un curso de escritura muy prestigioso y pasará el resto del verano haciendo lo que realmente desea: escribir poesía. Sin embargo, se encuentra con la noticia devastadora de su rechazo.

Indecisión y absurdo

El rechazo en el curso de escritura  termina por destruir el horizonte que daba sentido a la vida de Esther y que había comenzado a desvanecerse con sus experiencias en NY. Intenta buscar este sentido barajando mil posibilidades que la abruman y se descubre incapaz de tomar una decisión, por lo que finalmente no hace nada. Esta angustia ante la indecisión queda reflejada en la siguiente metáfora:

Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento. De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ger, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente. Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre solo porque no podía decidir cuál de los higos escoger”. 

El futuro parece absurdo, no encuentra una razón para levantarse de la cama, no tiene ningún objetivo. La crisis se manifiesta: no puede dormir, no puede leer, no puede escribir, ya solo es capaz de  pensar en su problema.

  • Autoconciencia hiperreflexiva

Cuando los proyectos vitales de Esther fracasan, su principal objeto de atención y preocupación es ella misma. Ocupa todas sus horas pensando en lo que le ocurre, en por qué le ocurre, en los síntomas que manifiesta; piensa en ella una y otra vez hasta que esta reflexividad, en lugar de resolver el problema, se convierte en parte del mismo y le lleva a desvincularse del mundo. El horizonte de su vida queda atascado. Esther queda atrapada en el laberinto de la rumia.

Cuando la gente descubriera que mi mente se había extraviado, como tendría que suceder más pronto o más tarde, la persuadirían de que me metiera en un manicomio donde pudieran curarme. Solo que mi caso era incurable. Había comparado mis síntomas con los síntomas que aparecían en los libros. Mis síntomas concordaban con los casos más desesperados“.


Remedio: suicidio y electrochoque

Casi desde el principio, Esther deja clara su postura ante la vida y ante el problema: contempla el suicidio como una posibilidad, un remedio, una decisión. Piensa constantemente en la muerte, en cómo podría llevarla a cabo, planifica, intenta, fracasa, su cuerpo se resiste. Lleva a cabo intentos de suicidio tranquilos y premeditados, ya que está convencida de que es la única solución a su crisis.

Vi que mi cuerpo tenía toda clase de pequeños trucos […] lo cual lo salvaría esa vez y otra, mientras que si fuera mía toda la decisión, estaría muerta en un relámpago. Tendría simplemente que tenderle una emboscada con el poco sentido que me quedara, o me atraparía en su estúpida jaula durante cincuenta años, absolutamente sin ningún sentido“.

Es en una de estas tentativas cuando se descubre la gravedad de su estado y, finalmente, tal y como temía, la ingresan en un centro.

Las sociedades organizan las formas de expresar el bienestar, las formas de expresar el malestar y también los remedios ante las crisis de las personas. En los años 50, las soluciones ante las situaciones depresivas y otros problemas psicológicos pasaban por internamientos, tratamientos con insulina, electrochoque, lobotomías, etc. Así, Esther se ve obligada a someterse a un internamiento obligatorio y a las terapias agresivas de la época.

Pero, en el centro, también encuentra el entorno de cuidado y curación que necesitaba, rodeada de compañeras y profesionales empáticas con las que forja una relación terapéutica y realiza actividades normales que la sacan de su ensimismamiento y hacen que vuelva a la normalidad de la vida.

Me sentía sorprendentemente en paz. La campana de cristal pendía suspendida, a unos cuantos pies por encima de mi cabeza. Yo estaba abierta al aire que circulaba“.


Reintegración:

En el libro no se cuenta la reintegración de Esther a la vida, aunque sí sabemos que vuelve a tener un horizonte al que aferrarse, ya que pronto volverá a la universidad y es ella misma quien nos ha contado la historia. A pesar de la recuperación y de sus nuevos objetivos, Esther teme que la pesadilla por la que ha pasado se vuelva a repetir en el futuro:

¿Cómo podía yo saber si algún día en la universidad, en Europa, en algún lugar, en cualquier lugar, la campana de cristal con sus asfixiantes distorsiones, no volvería a descender?“.

Tristemente, también sabemos que esto sí ocurrió, la autora luchó toda su vida contra estas situaciones hasta que se suicidó con 30 años en Londres, pocos meses después de la publicación de esta novela.

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Sylvia Plath. Wikipedia


  • ¿Conocías a Sylvia Plath y a Esther?

Si aún no las conoces y te interesa esta lectura, te aconsejo que te hagas con una edición diferente a la mía, ya que la traducción deja mucho que desear.

 

2 comentarios en “Esther: protagonista de La campana de cristal

  1. Una entrada muy interesante, recientemente he estado leyendo a Plath, y me parece que lo que ha logrado transmitir con un personaje como el de Esther Greenwood sólo está al alcance de los más grandes autores, de esos que seguiremos leyendo “toda la vida”.
    Saludos y gran entrada!

    Le gusta a 1 persona

    • Muchísimas gracias por tu comentario. La verdad es que este libro me llegó en el momento perfecto, quería escribir un relato sobre la depresión y una amiga invisible me lo regaló sin saberlo. Esta historia ha sido una buena clase de la percepción subjetiva de una persona en esta situación, ahora sólo me queda escribir algo mínimamente decente con este material. No he leído nada más de Plath, ¿alguna recomendación?
      Saludos y mil gracias.

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