Encierro voluntario

Aún veo aquella tarjeta musical con claridad. Era amarilla, del tamaño que tenía mi mano con siete años. En el centro, las letras de J&B brillaban con un rojo intenso. Cuando la abrías, la sintonía de Jingle Bells se colaba como un chillido directo al cerebro. Fue un regalo de mi abuelo alcoholizado.

Es curioso que haya olvidado decenas de regalos bonitos y esa tarjeta permanezca en mis recuerdos. Fue aquel momento, uno de esos que parecen ordinarios, sin importancia, pero que luego se convierten en instantes clave de tu vida.

Era enero, ya había pasado la Navidad. Fui con mi padre a casa de los abuelos.

—Se han encerrado —le oí decir a mi abuela— toda la plantilla. Dicen que no salen de ahí hasta que se pare el desmantelamiento de la empresa.

Mis abuelos siempre me habían parecido mayores, pero no debían de serlo tanto si él aún trabajaba en aquella fábrica de fibras que contaminaba la ciudad y alimentaba a cientos de familias.

—Sin calefacción, sin luz, madre mía, se van a congelar. No creo que aguanten mucho —. Mi abuela no lloraba, pero ponía ese gesto de afligida con el que adiviné que era un asunto serio.

—Yo le llevo la cena, mamá —dijo mi padre—. Prepara una tartera con lo que sea y se la acerco de un momento.

Mi abuela metió un guiso de alubias hirviendo en una fiambrera metálica.

—Dile que se lo coma rápido que se enfría. Que no se líe a cascar y se le queden las alubias congeladas, que nos conocemos.

Por supuesto, acompañé a mi padre. Fuimos en coche, no recuerdo cuál, tuvimos tantos por aquella época. Coches viejos, desgastados, con agujeros de cigarro en la carrocería y techos amarillentos. Supongo que se los dejaban a muy buen precio los clientes del taller. Papá encendió el aire caliente y aun así se empañaron los cristales. Fuimos a ciegas, suerte que la fábrica estaba a cinco minutos y no había mucho tráfico. Yo iba en la parte de atrás, aprovechando el calor de las alubias sobre mis piernas, deseosa de ver lo que pasaba en la fábrica, de ver a mi abuelo que, por cómo hablaban en la radio, ahora formaba parte de un grupo de obreros heroicos. Pero yo lo vi como siempre, no se le había puesto cara de héroe. Llevaba esa pelliza de terciopelo marrón que años después heredaría mi padre. Se acercó a nosotros en la oscuridad del aparcamiento, envuelto por la nebulosa del humo de un cigarro. Allí todo humeaba: las chimeneas de la fábrica, las bocas de mi abuelo y de mi padre, y hasta la mía, que aprovechaba el vapor del frío para fumar un cigarro invisible.

Estaba contento. Tenía esa sonrisa de camaradería que se les pone a los obreros cuando se unen para luchar y olía a güisqui. Me dio unas palmaditas en la mejilla cuando le dije que se comiera las alubias antes de que se enfriaran. Luego, metió la mano en el bolsillo de la pelliza y sacó la tarjeta.

—Toma, un regalo, para que no te olvides de mí.

La tarjeta me iluminó los ojos. Cuando la abrí y comenzó a sonar el villancico no pude contener la risa.

Mi abuelo esperó a que nos alejáramos con el coche. De rodillas sobre el asiento trasero, le dije adiós con una mano mientras con la otra apretaba mi regalo, él hizo lo mismo con la mano que no sujetaba la tartera. Su silueta alargada se fue ennegreciendo a medida que nos alejábamos, se fundió con la oscuridad de la fábrica que lo engulló durante cuarenta y siete noches.

No recuerdo si volví a llevarle la cena, lo intento y solo me viene aquella visita gracias a la tarjeta que guardé mucho tiempo y luego perdí, cuando ya se había convertido en la protectora de mi memoria de aquella noche histórica en la ciudad. Me imagino que venía pegada a su botella de güisqui favorita. Gracias a ella, nunca olvidé que la solidaridad despierta cuando hay que luchar contra un enemigo común; nunca olvidé a mi abuelo.


Hace 27 años que mi abuelo se encerró voluntariamente durante 47 días para luchar por sus derechos laborales. Tenía esta historia pendiente y, en estos días de confinamiento, al fin ha salido.

Foto: El Diario Montañés

11 comentarios en “Encierro voluntario

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