Ni huerta, ni pajar, ni crucifijos en las paredes #historiasrurales

En cuanto abría los ojos y veía el crucifijo, me llenaba la cara una sonrisa al recordar que estaba en la casa de los abuelos y no en mi piso de la ciudad, donde no había ni huerta, ni pajar, ni crucifijos en las paredes. Solo un dulzor era comparable: las tartas de cumpleaños. Como el mío es en verano, también soplaba las velas allí, en una mesa improvisada en el portal, llena de sándwiches de Nocilla y vasos de plástico con naranjada, rodeada de las primas mayores y los chicos del pueblo, de ladridos, maullidos y cotorreo de vecinas.

La huerta era un misterio, una colcha brillante con recovecos en los que improvisar juegos y secretos. En una esquina estaba el árbol más grande al que mi abuela llamaba el «perujal», era un peral que daba unas peritas duras y secas del que llegaban los cánticos de las alondras. Bajo el «perujal» construíamos casetas con palos y telas, casetas que nunca disfruté porque se llenaban de arañas y olían a moho. Había un bulto sospechoso junto al tronco, alguien me había dicho que era el cadáver de una vaca mal enterrada; la Luna, mi pastora alemana, lo rodeaba y olisqueaba sin parar y yo tenía miedo de que asomara algún hueso y nunca lo pisaba.

Me encantaba decir que la Luna era hija de una perra policía, no como el Trotski y el Yogui, dos chuchos que custodiaban la entrada de la huerta y que mi abuelo envenenó cuando se hicieron demasiado viejos y rabiosos. Siempre los recuerdo atados con cadenas largas y el Yogui, que era el más cascarrabias, se las ingeniaba para morderle las pantorrillas al que pasara cerca, por eso, yo nunca lo tenté y, si quería bajar al lado prohibido de la huerta, saltaba por los rosales y atravesaba la colada que secaba al viento.

A la zona prohibida la llamaban el barranco. Era una hondonada donde echaban la mierda del establo que había detrás. Con los años se hacía más profunda y los niños teníamos la advertencia de no acercarnos. Vivía con el temor de caer en ese hoyo y hundirme lentamente, como había visto en televisión que ocurría en las arenas movedizas. Pero la atracción del barranco era superior al miedo y, en cuanto no había adultos cerca, atravesaba las flores seguida de la Luna, ignorábamos los ladridos roncos del Yogui, y nos asomábamos a la sima con los pelos erizados: la Luna los del cogote y yo los de los brazos. 

La Luna tenía un trabajo nocturno, era la encargada de proteger el taller. Por eso dormía dentro del garaje, rodeada de herramientas, coches abollados que mi padre rebozaba con masilla y devolvía relucientes a sus dueños, y pósteres de mujeres semidesnudas. Era un trabajo muy digno el que hacía la Luna y debía mantenerse fuerte como su madre policía, así que entrenaba en el muro que separaba el taller de la huerta. Yo le tiraba un palo y ella saltaba como una leona de circo una altura casi imposible para cualquier otro perro. El Trotski y el Yogui ladraban recelosos y de buena gana la habrían enganchado, pero ella era tan lista que jamás les dio oportunidad.

Lo único que no podía hacer la Luna era venir al pajar. Esa diversión me la guardaba para los días de lluvia. Hacía lustros que ahí no se guardaba paja, se había convertido en un almacén de trastos viejos, en un escaparate del pasado. En la última reforma de la casa habían cubierto el suelo con una moqueta color oliva y sobre ella descansaban cunas, somieres, juguetes, radios, muebles y polvo. No me atrevía a pasar mucho tiempo dentro por las ratas que, según mi madre, saldrían a buscarme. Entraba con sigilo, notaba el suelo hundirse bajo mis pies, rebuscaba alguna novedad, abría la portezuela que daba a la parte de atrás de la huerta, miraba el barranco de lejos, rodeado de hierba fresca, y corría abajo a merendar un chocolate caliente con bizcochos.

No recuerdo el momento en que la amistad con la Luna se fue distanciando, la huerta perdió la capacidad de sorprenderme y desapareció la emoción de entrar al pajar. Supongo que fue paulatino, un proceso natural; cuantas más velas soplaba en el portal, menos me interesaba el pueblo.

De nada sirve que le diga a la niña que dejó de subir al pueblo que un día no podría entrar en esa casa, que el taller cerraría, los abuelos se mudarían a la ciudad donde no había ni huerta, ni pajar, ni crucifijos en las paredes y la Luna moriría ciega y sola en un prado cualquiera. De nada sirve ya.


Participo con este relato en el concurso de historias rurales de Zenda

Un homenaje por el centenario de Miguel Delibes, quien también volcó sus experiencias de infancia en un pueblo de Cantabria en la novela El camino.

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