Torneo de bolos. Historias de pioneras.

Juana era una moza robusta, con un moño flojo, castaño y deslucido, sobre la nuca blanca. Juana arreaba el ganado con una vara de avellano que ella misma se había tallado. Era famosa por sus silbidos y los gritos que propinaba con su voz chillona. Todos en el valle conocían su carácter recio, más de uno había terminado sangrando por burlarse de ella.

En verano se la veía cargando carros de hierba que otros llenaban entre varios, atropando la siega con un pañuelo a la cabeza y la cara rustida por el sol. Bajaba al abrevadero a zancadas, con sus pantorrillas gordas y lucientes, y metía la cabeza en el agua de las bestias.

—Con esos modales tú no te echas novio en la vida —le decía su madre a menudo—. Buena me ha caído a mí.

—Y a mí qué me importa —contestaba Juana. Y seguía recogiendo la boñiga de la cuadra a palazos.

Era verdad que no le importaba, mientras otras mozas andaban embobadas de amoríos, ella solo pensaba en los bolos. Desde cría le había apasionado aquel juego al que su padre y su hermano se entregaban. Era su única debilidad. Como era una niña, solo le permitían notar el peso de la bola cuando las recogía. Al principio protestó, pero las normas en el pueblo estaban claras: aquel era un juego de hombres, sin excepción. Les había hecho creer a todos que la pasión que mostró de cría se había apagado. Durante años, se conformó con sentarse en el muro junto al resto de mujeres, mientras estudiaba las posiciones y aprendía los tiros en su mente. Hasta aquel día en que, de madrugada, despertó con el sonido de los bolos y se presentó en la bolera.

Aún era noche cerrada. La bolera estaba iluminada por la claridad del cielo despejado y una lucecita amarillenta que colgaba de la pared de la iglesia. Juana notó un escalofrío. Corría un aire fresco de verano. Lo único que se oían eran grillos y algún ladrido distante. La bolera estaba vacía. Miró en el hueco del muro donde guardaban los bolos. Estaban en su sitio. Pensó que habría sido un sueño, un sueño muy real. Tenía que volver a casa, pronto amanecería y debía preparar los desayunos. Pero el olor a madera sobada que desprendían los bolos la mantenía allí agachada, deseando sacarlos.  Miró a su alrededor. La vivienda más próxima era la suya y allí todos dormían. En la iglesia no había nadie a esas horas. Además, ¿qué pasaría si alguien la descubría? ¿Habladurías? ¿Burlas? Estaba acostumbrada a eso. Sabía defenderse. Sacó los bolos, colocó cada uno en su sitio y comenzó a practicar. Aquella fue la primera de muchas noches en que Juana escenificó con su cuerpo las posturas y tiros que tantas veces había representado en su imaginación.

 —A ti te pasa algo —le dijo una mañana su madre mientras ordeñaban—. Llevas unos días con una sonrisilla boba. ¿No habrá un mozo?

—Uno no, ¡nueve! Y huelen a avellano que da gusto.

La madre calló y se quedó pensativa.

Dos días después, Juana comenzó su entrenamiento nocturno. Lanzó la bola y logró una de las mejores jugadas que había conseguido hasta entonces. Iba a gritar de emoción cuando unos aplausos tras ella la sobresaltaron.

—Como cuentes algo, te rompo un brazo —le dijo a su hermano Braulio que la miraba desde la pared de la iglesia con unos ojos que parecían verla por primera vez.

—Cómo no vamos a decir nada, Juana, si tiras mejor que ninguno.

Al día siguiente era sábado. Por la tarde tocaba entrenamiento. La bolera estaba llena de murmullos; pronto empezaría el torneo de verano entre los pueblos del valle. Juana, como siempre, se sentó en el muro con las mujeres. Notó la piedra caliente bajo el vestido. Aceptó una rosquilla de anís que le supo a todas las tardes que había pasado como observadora durante tantos años. Comenzaron los tiros. Todo transcurría con la normalidad habitual: los hombres jugaban, los niños cazaban lagartijas, las mujeres y las niñas contemplaban y aplaudían. Hasta que llegó el turno de Braulio. Este miró a su hermana y lanzó un silbido. Juana se levantó y llegó hasta él con sus pantorrillas lucientes y su moño, firme por primera vez. Los hombres protestaron.

—Es mi turno y se lo cedo a mi hermana —dijo Braulio mientras le ofrecía la bola a Juana.

—No puedes hacer eso. Las mujeres a fregar los cacharros y los hombres a la bolera —gritó uno de los jugadores más veteranos.

Juana no hizo caso. Concentró su rabia en conseguir la jugada que acallaría las necedades. Acarició la bola de encina. Notó su peso. Escuchó los comentarios y abucheos que intentaban desestabilizarla y lanzó la mejor bola del entrenamiento. Las mujeres saltaron y gritaron. Los hombres se quedaron mudos. Juana le clavó una mirada al veterano que le supo mejor que cualquiera de los puñetazos con los que se había defendido desde chica.

No fue sencillo convencerlos para que participara en el torneo, ni siquiera a su padre, pero Juana continuó demostrando su fuerza y habilidad pese a las críticas e insultos. Al final, no les quedó más remedio que admitirla. Y así, Juana se convirtió en la primera mujer del valle que participó en un torneo de bolos.


Con este relato participo en en el concurso de historias de pioneras organizado por Zenda.

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