Escucha su voz

Sé que alguna vez piensas en mí. Como esta tarde de enero, en un piso alquilado, en el pueblo donde has ido a parar por trabajo, lejos de ella. Miras el cubo en mitad del salón, casi lleno por la gotera, y piensas en qué te diría yo. Lo sabes, pero te dejas arrastrar por tareas sin importancia. Te preocupan ahora, lo recuerdo. Créeme, en treinta años no te van a importar las facturas. ¿Quieres un consejo? Contrata un gestor. Déjale a él los números, tú solo necesitas uno: el suyo. Llámala, aunque no te reconozca. Da igual, lo importante es su voz. Hazlo por nosotras. Ya no estoy segura de su timbre. Ni siquiera en sueños, cuando la veo con su melena caramelo, la falda naranja y la toquilla morada enganchada con un imperdible. Me habla, pero no consigo oír su voz. Hazlo, tú que aún puedes. Escucha su voz. Quizá así, en treinta años, cuando llegues donde estoy yo ahora, la recuerdes.

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