La canción del huerfanito #Nuestros mayores

Hace más de setenta años que falleciste, pero aún oigo tu voz: «Cántame, Beni, siéntate aquí y cántale algo a tu padre». Yo me acercaba deprisa, me encaramaba por tus rodillas y rodeaba tu torso que me parecía inmenso, aunque no debía de abultar ni la mitad que el mío ahora. Con timbre melancólico, entonaba tu canción favorita, la de aquel niño que, en cueros y descalzo, lloraba por las calles porque no tenía madre. Tus ojos, uvas danzarinas, no tardaban en derramar unas lágrimas gordas que se te acumulaban en las bolsas.

—Pepe, eres peor que los chiquillos —decía mamá desde la lumbre, envuelta por el aroma a chorizo y cebolla que desprendía algún guiso—. ¿Para qué mandas a la cría que cante si te pones a llorar como una madalena?

Tú te levantabas, me dejabas en el taburete y la sorprendías con un beso.

—Que nos ven los críos, hombre —decía al tiempo que te daba un empujón. 

Yo os miraba, iluminados por la claridad primaveral que entraba por las ventanas junto al trino de los pájaros y los ladridos de algún perro lejano, y me parecía que así debían quererse todos los matrimonios del mundo.

Aunque éramos siete hermanos, gracias a tu trabajo de soldador en la mina vivíamos desahogados. «Soldador de primera» te llamaban aquellos a los que hacías favores por los que pedías a cambio una caja de Ideales.

—Debes cuidarte, te vas a matar —decía mamá cada vez que te sobrevenía un ataque de tos seca que te dejaba sin respiración.

—Pero, Nati, ¿no será mejor vivir cuarenta años feliz que sesenta a disgusto? —contestabas, ya con otro cigarro prendido.

Llegó un momento en que la tos no te dejaba dormir. El doctor dijo que estabas quemado por dentro y la única alternativa era enviarte a un hospital de Madrid que pagaba la mina para sus trabajadores. A los pocos días partiste hacia la capital, no sin antes subir a nuestra habitación y despedirte con un mensaje al oído: «Beni, no dejes de cantar el huerfanito», que se me quedó grabado junto a tu olor a tabaco, tus ojos danzarines y el calor de tu mano sobre mi frente.

Mamá fue a verte. Sufrió para conseguir el billete de tren; su hermano Antonio —al que le habías regalado aquel torno de madera que habías hecho para ti y que le había fascinado—, dijo que no le prestaba dinero para ir a ver a «ese borracho». Yo sé que te gustaba el orujo y que, cuando tardabas en llegar a casa y te esperábamos para darte un beso de buenas noches, había una contraseña con la que nos avisabas de tu estado: si en vez de los cinco golpes alegres en la puerta, sonaban dos, antipáticos y fuertes, ya sabíamos que tu presencia luminosa se había empañado por el alcohol y mamá nos decía: «Venga a la cama que papá viene un poco mal, ya mañana le dais el beso» y subíamos la escalera corriendo. Pero yo me agazapaba en el rellano y, mientras pegaba la nariz a la madera para absorber el aroma a roble y pasaba las manos por la suavidad de la baranda, te escuchaba murmurar: «No tengo hambre, Nati», y mamá te decía: «Pues a dormir, que mañana hay que madrugar», te llevaba de la mano y hasta te descalzaba como al niño que en ocasiones me parecía que eras. Eso ocurría cuando bebías orujo, así que no entendí por qué el tío Antonio te llamaba borracho como si fuera algo terrible y nunca le perdoné lo que le hizo a mamá. Al final, el dinero se lo prestó su otro hermano, Juanito, que la acompañó a Madrid. Al volver, mamá nos contó que te habías empeñado en quedarte con sus zapatos, como había llevado dos pares, te dejó unos junto a la cama. Y yo pensé que cuando volvieras la calzarías, como en una especie de ritual para que supiera que, a partir de entonces, serías tú quien cuidaría de ella y nunca más tendría que descalzarte.    

Tres semanas más tarde, se presentó en nuestra casa Carmen, la vecina cuyo marido había muerto hacía unos días en el mismo hospital en el que estabas tú.

—Te acompaño en el sentimiento —dijo mamá. Invitó a Carmen a sentarse a la mesa de la cocina y le ofreció café, pero la mujer, con los hombros encogidos, dijo que solo quería un vaso de agua. Mamá corrió a cerrar las ventanas porque comenzó un aguacero que impregnó la estancia de olor a tierra mojada, cogió a la nena que entonces tenía tres años y se sentó junto a la vecina.

—Nati, lo siento tanto. ¡Fue un error! —dijo Carmen tras dar un sorbo. Mamá sacudió la cabeza—. Era Pepe, el muerto era tu Pepe ¡Confundieron los nombres!

Mamá se levantó y deambuló acunando a la nena con expresión cérea mientras Carmen nos contaba que ellos acudieron a tu funeral, vieron cómo te introducían en uno de esos nichos donde nadie dejaría flores y te compraron unas pocas. Nunca hemos sabido dónde está tu tumba.

Teñimos la ropa de negro y el tinte se filtró por nuestra piel. En la de mamá debió de entrar más profundo, debió de emponzoñar su cerebro, porque perdió la razón y solo aguantó viuda nueve meses.

La canción del huerfanito cobró más sentido que nunca. No la he dejado de cantar, tal y como me pediste el último día que vi tus ojos danzarines hundidos por el insomnio. Y así llevo toda la vida; hoy, con ochenta y siete años que tengo, la he cantado con la ventana abierta para que las notas os alcanzaran y os susurraran que no falta mucho para que deje de ser esa huérfana descalza que nunca ha encontrado unos zapatos tan hermosos como los de su infancia.


Participo con este relato, un trocito de la vida de mi abuela, en el concurso de historias sobre nuestros mayores de Zenda.

Y esta es la canción que sigue cantando mi abuela:

15 comentarios en “La canción del huerfanito #Nuestros mayores

    • Muchas gracias!!! Es un relato muy especial para mí. Llevo desde el 2016 dándole vueltas y me pareció que este concurso era la excusa perfecta para que viera la luz. Además, ahora estoy empezando con la estructura de una novela sobre ella y quería saber opiniones. Gracias por darme la tuya! 💜

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    • Muchas gracias, Mayte. Es una historia muy especial para mí, la he escuchado tantas veces toda mi vida. Es impresionante lo que ocurrió, pero eso no fue lo único, mi abuela tiene una vida de novela, la próxima novela que espero escribir, ya estoy con la estructura. Me alegro de que te haya gustado, espero que al jurado también le agrade 😉 Un abrazo.

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  1. Precioso relato. Has sabido captar perfectamente al lector para leerlo. Creo que sí que te da para hacer una novela de, al menos, 200 páginas, en la que se mezclen sentimientos, hechos, diálogos de época y descripciones, que quedará plasmada para siempre como testigo de unos tiempos pasados diferentes.

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