Papel de charol. Maestros inolvidables

Charo nunca me dio clase. Era la maestra del otro grupo de párvulos. Con solo escucharla, mis compañeros y yo nos dábamos cuenta de la mala suerte que habíamos tenido. Cada mañana, con una vocecita parecida a la nuestra, Charo pedía a sus alumnos que hicieran la fila; ellos se acercaban sonrientes, sin parar de hablar. Al lado estábamos nosotros, tiesos como soldaditos, en un silencio agotador, después de que Eugenia, nuestra maestra, hubiera alzado su vozarrón.

Charo entraba al edificio como una mamá cariñosa y los niños la seguían encantados, se les veía la diversión en la cara. Después íbamos nosotros, tras el cuerpo duro de Eugenia, que desfilaba con las manos detrás de la espalda. En el pasillo teníamos una percha asignada con nuestro nombre. Allí cambiábamos los abrigos por el babi. Eugenia esperaba dentro de la clase, junto a la puerta, para revisar que cada botón estuviera en el ojal correspondiente. Si no era así, te dejaba fuera hasta que te apañaras. Yo era diestra con los botones porque había entrenado con mi madre. Me abrochaba rápido y ayudaba a mis compañeros para que nadie sufriera el castigo. A veces, notaba la mirada de Charo desde el otro lado del pasillo. Me giraba y la veía en cuclillas, ayudando a sus alumnos a abotonarse.

No sabía lo que hacían en su aula, pero imaginaba cuentos, juegos, manualidades y fichas agradables, porque nunca oí un grito. Ellos, sin embargo, debían de escuchar los enfados de Eugenia; no había día en que no se irritara porque alguno trazara mal una letra o se pinchara con el punzón. Solía tomarla con dos niños a los que llegó a frotarles la cara con un estropajo porque se habían pintado de tigres con rotulador; del daño que les hizo, volvieron a casa con arañazos que parecían bigotes tatuados en rojo. Al resto, solo nos castigaba cuando no sabíamos hacer algo. Y el castigo siempre era el mismo: sin recreo hasta que te salga. Yo no entraba en ese grupo porque casi todo se me daba bien. Hasta que llegó la primavera y, con ella, el papel de charol.

Las maestras se habían puesto de acuerdo para que, entre todos, hiciéramos un mural de flores brillantes. Cada alumno tenía que aportar al menos una flor. Yo no era hábil con las tijeras, no me había dado tiempo a practicar con mi madre. Por más que intentaba recortarla por la línea de puntos, se me rompían los pétalos como si fueran los de una amapola. Se acercaba la hora del patio y llevaba cuatro papeles malgastados.

—El que no haya entregado su flor cuando suene el timbre, seguirá trabajando en el recreo. —amenazó el vozarrón.

Los que habían terminado jugaban en la moqueta verde. En las mesas quedábamos los niños tigre, que siempre estaban castigados, un par de niñas que lo estaban de vez en cuando, y yo, que nunca lo había estado. Cada vez más nerviosa, las tijeras me temblaban en las manos. Cómo le iba a explicar a mi madre que me habían castigado, ella que presumía a todas horas de lo bien que me iba en el cole. El timbre sonó al tiempo que yo destrozaba el quinto papel. Eugenia se acercó a la puerta y los alumnos formaron fila tras ella. Mis amigas me preguntaron con los ojos qué hacía yo ahí, pero no me hablaron por miedo a un coscorrón y marcharon al patio. La cara se me llenó de lágrimas. Fue la primera vez que sentí angustia, una angustia que me salía en forma de gemidos y mocos que me ahogaban. Los demás castigados, con su gesto de normalidad, parecían presidiarios que llevaran años de condena y observaran a alguien que hubiera entrado en la cárcel por error.

Poco después, noté una mano cálida que me acariciaba el pelo y una voz parecida a la mía que me preguntaba por qué lloraba: la voz de Charo; la voz que había escuchado tantas mañanas y había deseado que fuera la de mi maestra. Me secó las lágrimas y los mocos con la manga de su bata, una bata que olía a pinturas de colores. Le expliqué lo que me pasaba. Ella meneó la cabeza un par de veces, como molesta. Cogió las tijeras, un papel de charol amarillo y recortó una flor. En la parte trasera escribí mi nombre.

—No le cuentes a Eugenia que te he ayudado —me dijo—. Ya puedes salir al patio.

Se acercó a mis compañeros y continuó con la liberación.

Mi flor amarilla iluminó el centro del mural. De ella brotaban todas las demás: flores azules, rosas, verdes… flores brillantes como los ojos de Charo cuando nos miraba. Brillantes como su nombre, que resplandece en mi memoria cada vez que uso con mis alumnos el papel de charol.      


Participo con este relato en el concurso Maestros inolvidables de Zenda

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