Rueda de Molino

Había luna nueva la noche que me secuestraron. Usaron unas luces cegadoras los tres o cuatro kilómetros que anduvimos por un camino de tierra. Se oía mi respiración, entrecortada por la soga que me habían tensado alrededor del cuello. Me empujaron al interior de una cuadra. Uno de mis captores desató la cuerda y me dio una patada. Corrí a una esquina del pesebre. Temblaba, pensaba que harían conmigo atrocidades como había escuchado que hacían con otras. Un estallido me dejó sin aliento. Hablaron por fin y reconocí la voz de Bernabé, vecino de toda la vida, que insultaba a su hijo por romper el foco. Se alejaron. Me quedé con la compañía de cinco vacas que rumiaban de culo a mí. Me tumbé sobre un lecho de paja y pensé en el disgusto que se llevaría Josefa cuando, al amanecer, me buscara para vender el pan y no me encontrara. Por primera vez desde que asaltaran mi establo, lancé un rebuzno que provocó miradas punzantes de mis nuevas compañeras.

Las primeras semanas fueron un calvario. Pasaba el día dando vueltas a un molino de piedra, cegada por las orejeras, con las rodillas entumecidas por la humedad que salía de las paredes. Agachaba la cabeza y, mientras giraba, recordaba los paseos con Josefa valle arriba, valle abajo; a los viejos que gritaban: «Qué burra más buena, Josefa, qué harías sin ella»; a mi dueña que asentía y miraba los montes por los que había huido su marido poco después de comprarme. Soñaba con darle una coz a Bernabé y salir al galope, que el viento peinara mi crin y la hierba barriera la tierra de mis pezuñas; con aparecer por sorpresa en mi establo. Estaba segura de recordar el camino, pero no encontraba la ocasión; mi vida se había reducido a días de molino y noches de cuadra. No disfrutaba de pastos, como hiciera en mi casa, donde era libre desde que terminaba la ronda de pan hasta que la oscuridad caía sobre el verde.

Una mañana, sin explicación, Bernabé me dejó suelta en el prado. Mi primer impulso fue revolcarme en la hierba. Luego, bajé a los matorrales y me di un festín hasta que escuché el chirrido de la portilla. Volví la cabeza y encontré al jumento con el pelo del rabo más largo y brillante que hubiera visto jamás. Se llamaba Guzmán. Me contó que araba la tierra para un hombre que le trataba a puntapiés; se preguntaba si era mejor esa vida o aquella muerte que había sufrido el cerdo de su granja. Me hubiera gustado que se quedara más tiempo, pero solo nos dejaron disfrutar ese día. Volví a quedarme aislada hasta que, doce meses después, nació mi pollino.

Aunque volví a la rueda al día siguiente del parto, ya solo trabajaba por las mañanas, por las tardes disfrutaba del forraje con mi pequeño. Una tarde nos visitó el dueño de Guzmán. Mi pollino le pareció igual de hermoso que su padre y le auguró una fuerza y obediencia similar. Por algo en su forma de hablar, supe que se llevaría a mi hijo. Ahora sí, debíamos escapar.

El día que Bernabé fue a la feria de ganado y dejó a su hijo a cargo de la granja, el chico tenía que recordar algunas cosas y se olvidó de la más importante: cerrar la portilla. No dudé, en cuanto marchó, emprendí rumbo a mi hogar con mi pollino pegado al lomo. Mientras recorríamos el sendero, mi hijo aseguró no haberme visto así de contenta jamás, por eso bautizamos la ruta como «El camino de la alegría». Una hora después, allí estaba mi cuadra, con el pozo a un lado y el gallinero al otro, bañados por los últimos rayos del sol que se escondía tras la montaña. Había pasado mucho tiempo, era probable que mi lugar estuviera ocupado por otra burra, pero ni siquiera ese hallazgo empañaría mi felicidad, Josefa encontraría la forma de querernos a todos. Abrí la puerta de un cabezazo. Mi pesebre estaba vacío, lleno de telas de araña. Nos arrellanamos. El calor de mi burrito y su respiración tranquila me hicieron soñar con un futuro repleto de caricias y manzanas.

A la mañana siguiente, Josefa entró con la cesta de los huevos vacía y cara de susto. Dijo: «¿Eres tú, Mariquilla?» Me levanté. Concluyó que no podía ser otra, mi defecto de nacimiento, unas manchas bajo las rodillas, me delataba. Salimos a la finca. Bajo la higuera, Josefa me rodeó el cuello y hundió su cara en mi pelaje, que absorbió unas lágrimas dulces; quizá pensaba que, si yo había vuelto después de tanto tiempo y con un hijo, su marido también volviera y podría tener la familia que tanto deseaba.

La noticia no tardó en correr por el pueblo. Esa misma tarde, apareció en nuestra casa Bernabé con su hijo y una pareja de la Guardia Civil. Josefa contó cómo, la noche del secuestro, había visto una luz deslumbrante desde su habitación, pero no se habían atrevido a bajar. Insistió en que mi defecto confirmaba que yo era yo. Bernabé lanzó blasfemias contra Josefa, a quien yo arrimaba el hocico para que los guardias vieran que ella era mi ama. Llegó nuestra vecina Encarnación, quien juró con la mano en el pecho que yo era la burra que ella había criado con sopas y luego le había vendido a Josefa. Bernabé gritó que aquellas dos rojas estaban compinchadas. Estoy segura de que el sobre que el hijo de Bernabé entregó a los guardias fue el detonante de mi condena: yo no era yo y debía volver a la rueda del molino.

Desanduvimos el sendero de la alegría, ahora del pesar, tales fueron los rebuznos que lanzamos. No nos importaron los correazos, no eran más que el preludio de la vida que nos esperaba: yo tirando de la rueda de Bernabé; mi hijo, de la del dueño de Guzmán; y Josefa, de una casa vacía.


Participo con este relato en el Concurso de relatos Historias de Animales de Zenda.

2 comentarios en “Rueda de Molino

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