Ganadera. Historias de heroínas

En el mismo velatorio me lo dijeron varias personas, incluidas mi madre y mi hermana. «Tendrás que venderlas, Beatriz, tú sola con un niño de dos años no te puedes hacer cargo». Yo las miraba sin responder, no sabía qué decir, no podía pensar. «Vendes las vacas, con el dinero que te saques, más las pensiones de viudedad y orfandad, vivís como reyes».

Había pasado la noche en el hospital desde que recibiera la llamada. Un accidente en las hoces. Exceso de velocidad. El todoterreno había caído terraplén abajo hasta el río y mi marido había muerto al instante. Se lo había dicho mil veces, que iba demasiado deprisa, pero él se creía invencible y ahora estaba metido en aquella caja, tan campante mientras yo aguantaba la monserga de las vacas con un lexatín encima y los ojos hinchados de sueño y de pena.

Me dejé abrazar por los vecinos y los odié; cuchicheaban, me arreglaban la vida con su runrún descarnado, hubo incluso ofertas por las vacas, por la maquinaria. Y yo en silencio, asqueada por el aroma de las flores, mareada por el calor de la multitud. Me avasallaron con sus consejos, con sus sentencias. No dije ni mu.

El funeral era a las doce. Me levanté como cada día a las seis, tomé un café con leche y me fui a la finca. Bajo un cielo cubierto por una capa de nubes grises, las vacas me recibieron ajenas a la desgracia, para ellas todo continuaba igual, no les importaba que Juan se hubiese partido el cuello. Las conté: cincuenta y ocho. Se levantaron para saludarme, algunas mugieron dulcemente, Doris llegó hasta mí y me dio un lametón en la cara; en ese momento me sentí mucho más querida y comprendida que en todo el velatorio del día anterior.

Entré en la cuadra donde estaban las madres con sus ternerucos, dos bebés de color tofe que se daban empujones cariñosos. Los examiné con atención, me preocupaba el macho, se había golpeado la cabeza al nacer, pero todo parecía en orden, se les veía sanos. Llené el comedero de heno y me senté en el banco de madera a ver cómo lo probaban. Allí, con mi traje de faena y mis katiuskas, protegida por paredes encaladas, salpicadas de excrementos, arropada por el calor maternal, calor de vida, tan distinto del que había sufrido en el tanatorio, rodeada por el olor a vaca que me pareció mil veces más balsámico que el aroma de las flores de muerto, supe lo que debía hacer.

Recogí las boñigas y saqué a las madres con sus bebés al campo. Las nubes se habían disipado. El sol empezaba a calentar el valle. Después de llenar los bebederos con agua fresca, desbrocé la maleza que invadía el muro y limpié el tractor. Miré el reloj, faltaba una hora para el funeral.

Al entrar por la puerta de casa mi madre dio un grito. Se había quedado a dormir conmigo y estaba dándole el desayuno a mi hijo.

—Ya iba a llamar a la Guardia Civil, ¿se puede saber dónde te has metido? ¿Qué haces con esas pintas? Tu marido está solo en el tanatorio, un poco de respeto, Beatriz.

—Tenía que atender a las vacas. —Me hubiera gustado decir que la que estaba sola era yo, pero nunca había contradicho a mi madre y no me atrevía a empezar en ese momento.

—Olvídate ya de las vacas, Rufino el de Pepi quiere comprarlas. Esos tienen mucho dinero, ya se encargará tu padre de hacer el negocio por ti.

Me di una ducha. Las lágrimas se escaparon por el desagüe junto al agua caliente; me vacié, necesitaba determinación para lo que iba a hacer, no se me podía escapar ni un solo lamento, porque se agarrarían al mínimo signo de debilidad para hundirme en su idea de viuda perfecta.

De riguroso negro acudí a la iglesia del brazo de mi madre siguiendo el sonido de las campanas que tocaban a muerto. Aguanté de nuevo los pésames, las formalidades, las frases hechas y el sermón del cura, todo ello aliñado por el perfume de los trajes de ceremonia desempolvados y las flores, otra vez las flores. Juan estaba allí, tumbado en su caja, alguien lo había llevado y lo había colocado en medio del altar. Me imaginé qué pensaría si supiera lo que iba a hacer, quise creer que me aplaudiría, pero no estaba segura.

—A continuación, la viuda Beatriz dirá unas palabras.

Había avisado al cura de que quería despedirme de mi marido y agradecerle el apoyo al pueblo. Subí la escalinata despacio, con el estómago dando volteretas. Me coloqué en el púlpito y elevé el micrófono hasta mi altura. Las pupilas se me clavaban en la cara; pupilas antiguas, planas, rancias.

—Quiero darle las gracias a Juan por todo lo que me ha dado en vida. El amor, nuestro hijo y el negocio. Y quiero que sepa que continuaré cuidándolo todo. Las vacas no están en venta.

Me llamaron maleducada, insensata, impertinente. El cura no sabía cómo poner orden. A mi madre le dio un vahído.

Ahora, todo parece un sueño. Han pasado veinte años. Tengo cien vacas, veinticinco caballos y cuarenta cabras. Voy a ferias y concursos, gestiono los asuntos del banco y la administración, atiendo al ganado, la finca y la maquinaria. Mi hijo estudia en la universidad. Ya no me llaman insensata. Ahora, nadie duda en llamarme ganadera.

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Con este relato participo en el concurso de Historias de heroínas de Zenda.

Dedicado a todas las ganaderas, especialmente a las cántabras, que luchan cada día en un entorno muy complicado.

Concurso de historias de heroínas

6 comentarios en “Ganadera. Historias de heroínas

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