Elsaterrestre. Nuestros héroes

Cuando todo explotó estaba en casa de mis padres. Había ido después de un mes sin verlos, andaba ocupada con la universidad, los sábados de fiesta y los domingos de resaca. Desplazarme trescientos kilómetros para meterme en su piso con olor a tetera enmohecida y paredes de nieve sucia era un esfuerzo que no me compensaba y, a modo de castigo, el estado de alarma me cogió allí.

Mi padre y yo estábamos en el sofá grande, mi madre en el pequeño y mi hermana en su butaca. Escuchábamos en silencio la noticia hasta que mi padre miró a mi hermana y con su voz de calabozo, soltó:

—Hay que joderse, Elsa, tantos años intentando cambiarte y ahora nos vas a tener que enseñar tú a vivir.

Mi hermana no dijo nada, como de costumbre, permaneció con esa cara de venado que ha tenido desde pequeña con la que parece declarar su superioridad moral.

 —Teníamos una heroína en casa y nosotros pensando que era un bicho raro —siguió mi padre—. Esto es de órdago.

—Para ya, Manolo —dijo mi madre, siempre defendiendo a Elsa, cubriéndola con su escafandra, sucumbiendo a sus rarezas.

Me levanté enfurecida y entré en mi habitación. Me ardía la cabeza de pensar en los quince días que me esperaban en ese piso de setenta metros con ellos tres. Si en ese momento hubiera sabido que se alargaría el encierro, creo que me habría puesto en ruta pasara lo que pasase.

Tumbada en la cama intenté leer, pero no era capaz de concentrarme. Puse música en el móvil, cerré los ojos y dejé que aquellos años de los que había huido me contagiaran con su carga letal.

Elsa invadía mis recuerdos como un fantasma silencioso y desdibujado de los que aparecen en fotografías sin que se les espere. Pasé años justificándola ante sus compañeros, mis amigos y nuestro padre. Tengo una imagen recurrente del colegio, a la hora del recreo: Elsa apoyada contra su columna del porche, sin levantar la vista del libro, su tesoro, ni cuando los chicos pasaban y le gritaban Elsaterrestre. No reaccionaba, tampoco a los elogios de los maestros por sus notas excelentes, parecía que no entendiera y seguía con su eterna cara de venado. Alguien tenía que reaccionar por ella y me tocó a mí, la hermana pequeña, vivaracha y popular, que nada tenía que ver con la rarita.

Cuando Elsa entró al instituto me sentí algo liberada. Podía intuir lo que pasaba en el edificio de enfrente, pero ya no estaba allí para insultar o sonreír por ella. Los tres años de diferencia pasaron rápido y me vi otra vez en el mismo ambiente, yo en primero de la ESO, ella en cuarto. Fue cuando empecé a ignorarla. Tenía una fama que labrarme, nuevas compañeras, chicos desconocidos. No me costó demasiado hacer como que no veía cuando le ponían la zancadilla en el pasillo o le quitaban el libro y se lo pasaban de unos a otros hasta que se hartaban y lo tiraban al suelo. Además, parecía no importarle, parecía no sufrir con aquellas vejaciones, aunque yo sabía que se angustiaba cuando de vuelta a casa alisaba una y otra vez la tapa ajada de su libro.

Elsa acabó el bachillerato con matrícula de honor. Hizo una carrera a distancia que terminó con premio extraordinario, encontró trabajo telemático y nunca más volvió a salir de casa. Limitó su contacto social a nosotros tres, no quería ni ver a los primos, si venían de visita se escondía en su habitación hasta que desaparecían. Se marcó una rutina inamovible: se levantaba a las seis de la mañana, hacía ejercicios en una bicicleta estática, se duchaba, desayunaba, fregaba su habitación con lejía, trabajaba de nueve a una, comía, leía un par de horas en su butaca, volvía a trabajar de cuatro a ocho, cenaba, veía una película y se metía en la cama. Los fines de semana los dedicaba a sus lecturas, puzles y escrituras.

Me asfixiaba su comportamiento, me asfixiaba que mi hermana mayor no fuera capaz de darme un abrazo, de intercambiar su ropa conmigo, de contarme sus confidencias amorosas, como hacían mis amigas con las suyas. A mis padres también les asfixió durante una época, cuando los profesores decían que allí había algo que no era normal y mientras mi padre bebía en el bar de abajo, mi madre la llevaba al psicólogo del colegio, al de la seguridad social y a otro privado, hasta que se cansó, dijo que su niña era así y la aceptó. Mi padre no la aceptó, solo la toleró con ayuda del vino tinto. Y yo decidí que me iría a estudiar lejos y así no tendría que aceptar ni tolerar a ninguno de ellos.

Y ahora me había quedado allí atrapada veinticuatro horas. Ahora no solo tenía que aceptar lo que llevaba años evitando, sino que tenía que aprender de Elsa: tenía que aprender la distancia social, a quedarme en casa, a estudiar desde casa, a ejercitarme en casa; tenía que aprender a estar conmigo misma.

Miré el reloj, las seis de la tarde. Elsa estaría con alguno de sus puzles. Llamé a su puerta y cuando me abrió le pregunté si podía ayudarla. Asintió con la cabeza. Me senté a su lado y la observé. La misma cara de venado, las manos resecas por la lejía. Pensé en los chicos del colegio ¿se acordarían de ella? Ojalá se dieran cuenta, como yo, de que ya no sería Elsaterrestre sino Superelsa, la heroína de una nueva etapa que nos tocaba vivir de otra manera, al menos por un tiempo.

Con este relato participo en el Concurso de historias sobre nuestros héroes.       

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